En el catálogo que os ofrezco a continuación podéis ver los cuadros que recoge la muestra.
A pesar de los años que sigo a Alejandra Caballero todavía me conmueve la sencillez de su trabajo. Que nadie se equivoque, cuando digo que sus cuadros son sencillos, no quiero decir que sean simples. Todo lo contrario, en la sencillez está la esencia del buen pintor, puesto que no es fácil saber prescindir de lo superfluo y quedarse con los momentos que merecen la pena, aquellos que hablan de nuestro ser. En sus cuadros no importan los detalles que recreen objetiva y minuciosamente todo tal como es o como fue, sino la imagen que dejaron en nuestra mente, el instante de una realidad tamizada por el recuerdo.
Alejandra Caballero. De Buena mañana. Óleo sobre lienzo, 35 x 60 cm.
Aunque su obra puede ser considera realista, porque es figurativa, sus cuadros no narran una realidad tal y como sucedió, sino tal y como la sintió. Es una realidad subjetiva y selectiva. Son sólo sus recuerdos, nuestros recuerdos, donde las formas se difuminan y sólo tiene importancia nuestro ser como perceptor de aquello que vivimos.
Alejandra Caballero. Balcón a un jardín. Óleo sobre lienzo, 81 x 54 cm.
Porque de nuestra habitación sólo recordamos la luz que nos envolvía como en un mar azul. Del comedor luminoso una mesa con un mantel blanco y un plato. Del largo pasillo los dibujos de las baldosas del suelo que excitaban nuestra fantasía infantil. De aquella noche, que se convirtió en madrugada, la sensación de sentir la soledad apoyados en la barra de aquel bar...
Alejandra Caballero. Habitación azul. Óleo sobre lienzo, 84 x 65 cm. Detalle.
Los cuadros de Alejandra Caballero tratan de gente común, a menudo mujeres o niños, captada en momentos cotidianos de disfrute del instante. El verdadero tema de sus cuadros no se esconde en elegantes vestidos, o minuciosos objetos decorativos, sino en la sensación que nos dejó en nuestra mente un momento vivido con conciencia. Una sensación que todos alguna vez hemos experimentado. En la mujer que se pinta los labios ante el espejo o en la que tranquilamente se pone cómoda al llegar al hotel descubrimos el gozo de lo cotidiano.
Alejandra Caballero. Rouge Allure. Óleo sobre lienzo, 50 x 50 cm.
Sus escenas trasmiten una paz interior y serenidad que ensalzan los aparentemente insustanciales actos del día a día. Los que realizamos todos y que a menudo no recapacitamos en ellos. Sus cuadros recuerdan las palabras del maestro zen Thich Nhat Hanh en " El Milagro de Mindfulness "
"...Mientras aún estés en la cama, empieza poco a poco a seguir la respiración de manera lenta, larga y consciente. Levántate después lentamente de la cama (en lugar de saltar de ella como de costumbre) alimentando la conciencia con cada movimiento. En cuanto te hayas levantado, cepíllate los dientes, lávate la cara y haz todas tus actividades matutinas de una forma tranquila y relajada, siendo plenamente consciente de cada uno de tus movimientos. Sigue la respiración, obsérvala y no dejes que tu mente se distraiga. Ejecuta cada movimiento con calma. Cuenta tus pasos de manera lenta y silenciosa. Mantén una ligera sonrisa en el rostro.
Alejandra Caballero. Habitación de Hotel. 2011. Óleo sobre lienzo, 81x100 cm.
Pásate al menos media hora tomando un baño. Lávate con lentitud, sabiendo que lo estás haciendo, para que al terminar te sientas ligero y fresco. Después, si lo deseas puedes hacer tareas domésticas como lavar los platos quitar el polvo de las mesas y limpiarlas, fregar el suelo de la cocina y arreglar los libros de las estanterías. Sea cual sea la tarea que realices, hazla lentamente y con calma, sabiendo que la estás llevando a cabo, en lugar de intentar sacártela de encima cuanto antes. Decide hacerlo todo de manera relajada, poniendo toda tu atención en ello. Disfruta de la tarea y sé uno con ella. De lo contrario el día de plena conciencia no tendrá ningún valor. La sensación de que una tarea es un fastidio desaparecerá pronto si la realizas siendo consciente de ella."
Alejandra Caballero. Peinándose. Óleo sobre lienzo, 80 x 80 cm.
A finales de los años 1960 surgió en Estados Unidos un grupo de artistas que pintaban con gran realismo objetos y escenas de la vida cotidiana utilizando la fotografía como base para la realización de sus obras. La consagración del movimiento, que hoy conocemos con el nombre de hiperrealismo, tuvo lugar en 1972 en la exposición titulada"Fotorrealismo, cuestionando la realidad", celebrada en la V Documenta de Kassel.
La exposición, que podremos ver en el Museo Thyssen-Bornemisza desde el 22 de marzo al 9 de junio de 2013, reúne 66 obras de tres generaciones de artistas, procedentes de diversos museos y colecciones particulares. Es, por tanto, una gran retrospectiva del hiperrealismo que va desde los grandes maestros norteamericanos de la primera generación, como Richard Estes, John Baeder, Robert Bechtle, Tom Blackwell, Chuck Close o Robert Cottingham, a su continuidad en Europa y al impacto en pintores de generaciones posteriores que nos lleva hasta la actualidad. Porque el hiperrealismo no es un movimiento acabado. Hoy, más de cuarenta años después de su aparición, continúan en activo muchos de los pioneros del grupo y nuevos artistas utilizan la técnica fotorrealista en sus creaciones. Las herramientas y los motivos han podido evolucionar o cambiar con el tiempo pero las obras continúan fascinando al público por su increíble definición, nitidez y detallismo.
Si quieres ver algunos de los cuadros de la exposición en detalle pulsa sobre la presentación de abajo y amplia a pantalla completa.
Las características.
1. Temática. Los motivos artísticos son instantes de realidad congelados en el tiempo y a menudo también sin la presencia de seres humanos: paisajes urbanos, escenas banales y artículos de consumo, fragmentos de la vida cotidiana en los Estados Unidos. Acristalados escaparates, restaurantes de comida rápida, relucientes motocicletas y coches, colorísticos juguetes de hojalata, pinballs o frascos de especias, caramelos y salsas se convierten en tema pictórico. Son asuntos que atraen al pintor porque es el mundo que le rodea y porque tales objetos le permiten recrearse en el contraste de colores. Al pintor hiperrealista le fascinan además las superficies metálicas de cristales y espejos que le permite recrearse en las imágenes deformadas de sus reflejos.
Tom Blacwell, Triumph Trumper, 1977.
Iconos especialmente significativos del hiperrealismo son los vehículos de todo tipo: automóviles, motocicletas, camiones, auto‐caravanas, trenes e incluso avionetas. Los vehículos significan movilidad, libertad y, por tanto, son una parte muy representativa de la sociedad estadounidense y de cómo se ve a sí misma. Además, los materiales utilizados en carrocerías, llantas o parachoques y los reflejos que se producen al recibir la luz les resultan fascinantes.
Algunos pintores adoptan una estética kitsch cercana al pop art, donde los ídolos y los tópicos de la cultura americana se reúnen en multitud de objetos decorativos.
David Parrish. Marilyn, 1988.
2. Técnica y fotografía. Estos motivos intrascendentes se captan primero a través de la fotografía y después se trasladan al lienzo mediante un laborioso proceso, utilizando recursos como la proyección de diapositivas o el sistema de trama. Son obras generalmente de gran formato, pintadas con tal precisión y exactitud que los propios lienzos producen una impresión de calidad fotográfica, pero realizadas mediante un proceso creativo completamente opuesto a la inmediatez de la instantánea fotográfica.
Ralph Goings. Los favoritos de América, 1989.
Considerada como una forma objetiva de documentar el mundo, desde su invención, el uso de la fotografía como punto de partida de la pintura fue una práctica habitual de muchos pintores, aunque pocos lo reconocían. Tras la utilización pionera de la serigrafía por los artistas pop, como Warhol o Rauschenberg, fueron los primeros hiperrealistas los que empezaron a usar la fotografía sin reparos, convirtiéndola así en un instrumento "legítimo". Partían a veces de fotos de revistas o periódicos pero pronto empezaron a captar ellos mismos las imágenes, una o varias que luego fusionaban en el cuadro. Hoy en día, son los programas informáticos y de arreglo fotográfico lo que les permite llegar hasta la minuciosidad propia de los maestros flamencos.
Utilizan el óleo, pero también la pintura acrílica por su secado rápido y su limpieza.
3. Precedentes. El hiperrealismo se desarrolló a partir de dos tradiciones artísticas: la pintura trompel’oeily la técnica meticulosa de superficies delicadamente acabadas de la pintura flamenca y holandesa desde los siglos XV al XVII. Pintores como Van Eyck o Vermeer han ejercido gran influencia sobre todos ellos, con su observación detallada de la realidad. Su obra recoge también la tradición europea de la pintura del paisaje urbano desde sus orígenes en los pintores vedutistas del XVIII, con Canaletto a la cabeza. Precedentes modernos más cercanos a su pintura podemos encontrarlos en Charles Sheeler y en los pintores americanos de los años 1930, que se apoyaban con frecuencia en la fotografía para conseguir mayor precisión en la línea y en la forma.
Rod Penner. 212-Casa Nevada, 1998.
4. ¿Hiperrealismo o nuevo realismo? La fotografía es el punto de partida y el objetivo final de lo que intentan aparentar, pero en ningún caso el pintor hiperrealista aspira a competir con ella, su motivación es completamente diferente. Sus obras parecen reproducir la realidad pero, de hecho, se trata de una nueva realidad gráfica creada por el pintor. A través de ella empezaron a plantearse determinados problemas en torno a la percepción de la realidad: se interrogan por cuestiones como la objetividad y la autenticidad de las imágenes, o sobre cómo la fotografía ha cambiado la forma de ver y de relacionarse con el mundo. Algunos pintores trasmiten nostalgias por objetos y ámbitos que existieron o están a punto de desaparecer.
Richard Estes. People´s flowers, 1971. Detalle.
Los principales artistas. La primera generación norteamericana.
Robert Bechtle (1932-) empieza a producir en California los primeros cuadros auténticamente fotorrealistas a comienzos de los años 1960. Su pintura retrata la vida cotidiana de la bahía de San Francisco, área en la que ha transcurrido prácticamente toda su vida. Sus escenas tienen en las familias de la clase media norteamericana su tema fundamental, con una presencia casi obsesiva de los automóviles que, más allá de su carácter de símbolo del modo de vida americano, permiten a Bechtle recrearse en las texturas y los brillos metálicos que crea la cegadora luz californiana.
Robert Bechtle. Chrysler Alameda, 1981.
Casi al mismo tiempo, Richard Estes (1932-) comienza en Nueva York a trabajar en sus característicos paisajes urbanos en donde los automóviles, la forma de vestir, los carteles publicitarios, el metro, los puentes sobre el Hudson, Central Park y los escaparates representan el ambiente de la "Gran Manzana" y de una época. Una característica de su pintura es la compleja utilización de las superficies con luz refractada, desde 1967 comenzó a pintarlas, y desde entonces le han acompañado en sus obras, edificios reflejados en estructuras cristalinas y lisas como los escaparates, ventanales, cabinas telefónicas, capó de un coche o al paso de un autobús. También reproduce reflejos deformados y a veces difuminados en superficies no lisas y uniformes como son las olas de agua en movimiento.
Richard Estes. Cabinas telefónicas, 1967-68
El efecto ilusionista de las composiciones de Estes sugiere que han sido copiadas directamente de una fotografía, pero realmente éstas surgen de la combinación de varias tomas fotográficas que él mismo realiza in situ, pero que no le interesa copiar de forma literal, sino manipularlas y reconstruirlas para crear una imagen que, aunque sea científicamente incorrecta, parezca real al ojo humano; una imagen realista pero que no se corresponde en luz, color o elementos casuales a ningún momento determinado.
Richard Estes. En el Ferry de Staten Island mirando hacia Manhattan (L'Embarquement Pour Cythere), 1989. Óleo sobre lienzo 100.3 x 185.4 cm.
Chuck Close (1940-)pinta sus famosos retratos poniendo una malla sobre la foto y sobre el lienzo y copia celda por celda. Sus primeras herramientas para ello incluían un pulverizador, retazos de tela, cuchillas, y una goma de borrar montada sobre una máquina taladradora. Su primer gran cuadro con este método fue su Gran Autorretrato, una ampliación de su cara en blanco y negro sobre un lienzo de 2.73 x 2.12 m realizado durante cuatro meses en 1968. Produjo otros siete retratos en blanco y negro durante este periodo. Se dice que utilizó pintura tan diluída en el pulverizador que los ocho cuadros se realizaron con un único tubo de acrílico negro. Los retratos de Close son gigantescos, son rostros que miran al espectador sin ningún tipo de emoción ni movimiento. Vistos desde cierta distancia poseen una gran veracidad fotográfica, pero de cerca se llenan de incontables marcas. Desde los años 70 empezó a incluir toda la paleta de colores.
Chuck Close. Autorretrato, 1968.
La única mujer de este grupo de pioneros, Audrey Flack (1931-), realiza grandes composiciones a modo de naturalezas muertas barrocas. Los objetos representados aparentan ser un revoltijo de formas y colores algo kistch, pero en ellos hay mensajes simbólicos de deseo, futilidad y emancipación femenina.
Audry Flack. Marilyn-Vanitas,1977. Óleo y acrílico.
Don Eddy (1944-) nos acerca a los paisajes de las ciudades de la costa oeste a través del legendario coche, "Escarabajo". Sus superficies pulidas y reflectantes hacen que nuestras miradas resbales hacia detalles en apariencia anodinos pero significativos de la ciudad. En la década de 1980, su trabajo fue más orientado a objetos como cristalerías, cubiertos y juguetes en una serie de estantes de vidrio donde se reflejan. A menudo sus obras adopta el formato de díptico o políptico, en donde yuxtapone imágenes en relación poética entre sí o "ecosistemas", que es como el artista llama a estas conexiones de los objetos y la estructura.
Don Eddy. Private-Parking-IV, 1971. Acrílico- sobre lienzo.
David Parrish (1939-) ganó el reconocimiento por sus óleos fotorrealistas de motocicletas en las que resaltaban sus relucientes superficies bajo los rayos del sol. Ángulos dinámicos y perspectivas en primer plano que sugieren ruido y movimiento vertiginoso. Su temática posterior se ha centrado en las atracciones de feria de los parques de atracciones, lo que le permitía seguir reflejando colores y superficies brillantes. También le han atraído otras imágenes de la cultura americana como son los iconos del pop como Marilyn Monroe, Elvis Presley y James Dean. Parrish los representa aporcelanados, con una estética kitsch.
David Parrish. Zipper, 2008. Óleo sobre lienzo.
Tom Blackwell (1938-) hace de la motocicleta un objeto de culto y pinta detalles y fragmentos concretos muy ampliados. También le interesan las avionetas y los escaparates donde pueda obtener todos los matices del color y jugar con los reflejos.
Ron Kleemann (1937-) traslada su interés a los coches de carreras y a los grandes vehículos agrícolas y camiones.
Jonh Salt (1937-), artista inglés pero que residió en Estados Unidos desde 1966 hasta 1978, se concentra también en los coches pero en contextos de abandono en barrios marginales o en desguaces.
Ralph Goings (1928-) pinta camionetas pick-up y auto‐caravanas, además de sus famosos restaurantes de comida rápida, los puestos de hamburguesas y los objetos que podemos encontrarnos en estos locales.
Ralph Goings. Miss Albany-Diner, 1993. Óleo sobre lienzo.
Charles Bell (1935-1995) se inspiró para sus grandes bodegones en los juguetes y los juegos de arcade. Sus óleos representan muñecas vintage, Barbies y figuras de acción dispuestas en escenas dinámicas e imaginarias. En otras series, Bell pinta máquinas de bolas de mascar de colores y canicas de gran tamaño sobre superficies reflectantes y fondos oscuros. Pero, la que es sin duda, su mejor serie y la más conocida es la de las máquinas de pinball. Resultan muy bellas las luces y las perspectivas y ángulos que ofrece de tan populares máquinas.
Charles Bell. Paragon, 1988. Óleo sobre lienzo, 127 x 244 cm.
Robert Cottingham (1935-) se interesa por los anuncios comerciales y los rótulos luminosos de la ciudad de Nueva York en donde creció. Sus rótulos no son tan neutrales como aparentan, los puntos de vista elegidos y las enmarcaciones parciales de las palabras nos aportan imágenes que penetrar más allá de los ojos del espectador y se alojan en la mente y el corazón. Cottingham está fascinado por el poder de diversas combinaciones de letras que aparecen como anuncios en las calles.
Robert Cottingham. May Co., 1969.
John Baeder (1938-), inicialmente publicista, se dedicó de pleno a la pintura a partir de 1972. Pinta fundamentalmente el exterior de restaurantes de comida rápida americana. De esos restaurantes de carretera le interesa el realismo arquitectónico y aporta nostalgia sobre estos edificios que forman parte de la cultura popular americana.
John Baeder. Prout´s dinner, 1974.
Richard McLean (1934-) se especializó en pintura de caballos, pero también pinta a los cowboys y cowgirls modernos, como una manera de acercarse al mundo rural de Estados Unidos.
Jack Mendenhall (1937-) se interesa por el ambiente de los hogares estadounidenses de los sesenta.
La segunda y tercera generación de pintores hiperrealistas. La internacionalización del estilo.
A partir de los años 1980 se van incorporando nuevas generaciones que seguirán viéndose atraídos por la realidad cotidiana, pero que también muestran un mayor interés en lo formal, en trasladar al lienzo las fotografías con el máximo rigor en los detalles. El resultado final de las obras es una absoluta nitidez y una precisión mayor que la del ojo humano, gracias a incorporar a su trabajo las enormes posibilidades que les brindan las nuevas tecnologías digitales y fotográficas. Predominan los pintores que se centran en paisajes urbanos de grandes dimensiones, uno de sus temas preferidos y para el que utilizan con frecuencia el formato panorámico. La escasa presencia de la figura humana, característica por otro lado bastante frecuente en el hiperrealismo, aumenta la impresión de frialdad y distanciamiento, aunque en algunos de ellos se entreve una cierta nostalgia por un pasado perdido. Los objetos y, sobre todo, los retratos pasan a un segundo plano, aunque cuando se realizan, alcanzan unas dimensiones colosales.
Ben Jonson. Trafalgar Square, 2011.
Davis Cone (1950-) dedica su obra a documentar las salas de cine norteamericanas de estilo Art Deco. Le encanta capturar estos establecimientos antiguos de las ciudades en distintas horas y desde una variedad de ángulos y momentos climáticos. Rinde homenaje especial a las luces de neón y a la grandeza arquitectónica. Estos cuadros de Cone sugieren la tradición cultural cinematográfica de Estados Unidos y transmiten la nostalgia de una época pasada. Su trabajo recuerda las atmósferas creadas por Edward Hopper.
Davis Cone. Thompson, 1990. Detalle.
Robert Gniewek (1951-) se siente atraído por los paisajes urbanos principalmente al atardecer o de noche, le fascinan los espectáculos de luz nocturnos. En la línea de Cone también le interesan las salas de cine de Detroit o como Baeder documentar los establecimientos de carretera (pequeñas cafeterías, comedores municipales, gasolineras y moteles) de la década de 1940 y principios de 1950. Parte de la idea de que son iconos de un pasado cercano, un recuerdo único del paisaje americano, que está desapareciendo rápidamente. El artista combina fuentes de luz cálida y fría - luz natural con luces de neón - para maximizar el impacto visual.
Robert Gniewek. Times-Square, 2010.
Don Jacot (1949-) pinta plazas y lugares urbanos famosos ambientados en los años 30 y 40, algunos muy concurridos por vehículos, pero él los representa sin apenas presencia alguna de la figura humana. También pinta nostálgicos juguetes antiguos cuyo brillo metálico y su pátina de colores esmaltados son otra oportunidad para recrear objetos de vistosos colores.
Don Jacot. Space-Guns, 2008.
Rod Penner (1965-) utiliza cámaras digitales de alta resolución para pasar al lienzo con acrílicos las calles y casas de los pequeños pueblos de Texas. En su obra se respira un halo de soledad y melancolía al escoger edificios en mal estado y grandes espacios como parkings vacíos donde la humanidad parece haber desaparecido.
Rod Penner, Panhandle Service Station, 2012.
El italiano Anthony Brunelli (1968-) fotografía los modelos con un objetivo gran angular, uniendo después varias imágenes en el lienzo; pinta así imponentes vistas urbanas de los diversos países en los que trabaja.
Anthony Brunelli. Candy Street (Hanoi), 2006.
Muchos son los artistas que se especializan en el paisaje urbano. El francés Bertrand Meniel,(1961-), a pesar de su origen, se interesa de nuevo por las grandes ciudades estadounidenses. Los ingleses Ben Johnson (1946-) o Raphaella Spence (1978-) se interesan por los paisajes urbanos preferentemente tomados desde el cielo. Las urbes preferidas de estos artistas son Londres, Nueva York o Venecia. Los ambientes urbanos y sus habitantes siguen centrando la atención de artistas, como el norteamericano Robert Neffson (1949) o el británico Clive Head (1965-).
Roberto Bernardi. Reunión, 2012. Detalle.
El italiano Roberto Bernardi (1974-) se centra en bodegones de objetos diversos, principalmente caramelos y golosinas en tarros de cristal. Mientras que el americano Peter Maier se interesa fundamentalmente por la representación de las calidades de las superficies sobre vehículos.
La figuración humana también está presente en la exposción del museo Thyssen a través de la obra del español Bernardo Torrens (1957-), que se ha especializado en el desnudo femenino y en el retrato.
Bernardo Torrens. Liz I, 2007.
Puedes ver más cuadros de todos estos artistas y de algún otro más en la siguiente presentación.
El día 10 de mayo se inaugura - y hasta el 9 de junio- en la Galería Barnadas de Barcelona la exposición "Interior" de la pintora madrileña Alejandra Caballero. Si podéis acercaros en estos días disfrutaréis de un estilo singular, íntimo y bello. Si no podéis os invito a echar un vistazo en el catálogo que ha editado la Galería y en las fotos de este post o en las de la página del evento.
En este mismo blog ya he tratado su obra en otros artículos, por lo que no creo que sea necesario insistir en la calidad de la artista ni en su capacidad de conmover con sus cuadros sencillos, pero esenciales. Sin embargo, hoy voy a reflexionar sobre algo que me atrapa cada vez que veo sus cuadros: sobre la serena soledad y el silencio.
Alejandra Caballero. Lectura, 2012. 50 x 81 cm. Detalle.
Las protagonistas de los cuadros de Alejandra Caballero emanan serenidad, distancia y silencio. Son solitarias que buscan su momento para abstraerse de lo que sucede a su alrededor. Se ausentan del ruido que sufrimos durante el día a día; atesoran la intimidad de su silencio alejadas de todas esas personas que las rodearon en el trabajo y que supusieron la obligación y la tensión. Se encuentran en su santuario, alejadas del trajín vacío, en paz con ellas mismas.
Alejandra Caballero. Habitación azul, 2012. 65 x 84 cm.
Y es que la soledad de sus mujeres no es motivo de tristeza, sino de reflexión. Es una oportunidad para asomarse a ese ser que a menudo ignoramos y que está dentro de cada uno y que las prisas y el ruido de la vida que llevamos no te permiten oír. Es cuestión de detenerse un instante, de hacer un silencio, de confiar en que la inspiración de la pintora tiene que llegar para sacar a la superficie lo que somos: seres especiales y, a la vez, iguales; seres que nacemos, vivimos y morimos.
Alejandra Caballero. Amanecer, 2011. Óleo sobre lienzo, 45 x 60 cms.
Y cuando algunos de sus personajes se encuentran no se producen silencios incómodos. Cada individuo respeta, como algo natural, la interioridad del otro, sus fantasías y ensoñaciones. Y se hace cierto el dicho de que de los silencios surgen más frases que de los diálogos forzados. El mismo mundo por el que transitar, pero en vidas paralelas.
Los silencios son roedores de historias en nuestra mente.
Alejandra Caballero. Esplendor, 2012. Óleo sobre lienzo, 81 x 87 cms.
Para conocer mejor su obra podéis consultar además estos links.
Tengo el placer de presentaros la obra pictórica de Juan Bautista Nieto, nacido en Lora del Río, Sevilla, en 1963.
Juan Bautista Nieto. La habitación, 2009. Detalle.
Su estilo es inconfundible.
1.- Técnicamente. Parte del hiperrrealismo fotográfico, pero en blanco y negro. Lo que me asombra de su trabajo es que con sólo las distintas tonalidades del gris sea capaz de transmitir tanta emoción a cada uno de sus cuadros. La mayor parte de su obra la realiza con una base de pintura acrílica sobre tabla preparada a la que aplica tinta, grafito y acuarela para conseguir los distintos tonos. El efecto final es una obra entre la fotografía en blanco y negro y el dibujo. En el vídeo se puede comprender cómo trabaja con estos materiales.
2.- Luego, por su puesto, está la calidad en reproducir hasta el más mínimo detalle, con una meticulosidad y un amor propio de un pintor flamenco del siglo XV. Se podría decir que su intención es introducirse en el objeto para compartir su esencia y mostrarnos la perfección en su simplicidad. Él nos demuestra que una simple taza o una aceitera puede ser bella si somos capaces de contemplarla con amor.
3.- Su temática no es muy variada, se concentra básicamente en dos aspectos:
Las naturalezas muertas de objetos simples o frutas (peras, granadas y melón) a las que a veces "da vida" con unas manos que las manipulan o las señalan dándoles un significado simbólico. Son manos de magos que juegan con nuestra imaginación al visto y no visto.
La mujer es su otra dedicación. Mujeres que posan solitarias y a las que el pintor contempla
Allí encontraréis mujeres cocinadas a fuego lento, ensimismadas, en cuarto creciente, pilladas en su intimidad, recortadas por un silencio espeso. Mujeres que son una joya mal guardada, expuestas, sin rostro ni necesidad de la concreción pagana de una boca. Niñas que son una y a la vez son todas, pero, eso sí, sin color ni mirada. Cuerpos generosos, vestidos con ecos de surrealismo, ofrecidos en poses que son meditación sobre el acto mismo de pintar. Cuerpos carnales que gustan y reclaman manos. Cuerpos para el pecado, la curiosidad y la gula: curvas resucitadoras. Cuerpos que, de tan luminosos, no necesitan espíritu que los anime. Y el espejo, como dijo Roque Dalton, para los vampiros.
Ikenaga Yasunari es un artista japonés cada vez más conocido en Occidente. Su espaldarazo a la fama fue la última Art Fair Tokyo de 2011 (abril), en que se vendió toda su obra expuesta el primer día. Sus cuadros representan a hermosas mujeres, cuyas expresiones y posturas sugieren una atmósfera de nostalgia. Son siempre mujeres japonesas modernas, pero tratadas con un estilo de pintura que refleja las antiguas tradiciones japonesas o "Nihonga", lo que da a sus obras una sensación atemporal. Aquí os presento un vídeo con sus últimos lienzos y espero que su estilo os guste tanto como a mí.
Datos biográficos.
Poco sabemos de Ikenaga Yasunari: que nació en 1965 en la prefectura de Oita y que se graduó en la High School Midorigaoka Universit en 1984. Sus primeras exposiciones son de 2004.
Materiales y técnica.
Las pinturas, ligeramente polícromas, están hechas con pigmentos que obtiene a partir de minerales, conchas, corales e incluso piedras semipreciosas como la malaquita, la azurita y el cinabrio. El aglutinante es la cola de pez. Para darle más sensación de lujo incluye a veces finas láminas de plata y oro. La pintura se extiende con agua y con pinceles especiales Menso, muy pelo muy fino, lo que permite la calidad de detalle.
Ikenaga Yasunari, Sachiko, 2010. Pigmentos minerales, lienzo de lino, cola de pez , tinta china y oro..
Pese a que su pintura se puede definir como tradicional o"Nihonga", Yasunari introduce algunos elementos extraños a la cultura Japonesa, que proceden de la pintura occidental. El soporte es el primer elemento rupturista de este pintor al utilizar lienzos de tela de lino, en vez del tradicional washi (papel artesanal japonés) o la seda. También utiliza la técnica del sombreado en algunas partes de los rostros, como labios u ojos, lo que les confiere mayor volumen y expresividad, pero ésto precisamente le aparta del "Nihonga" de planos de color uniformes. Los motivos vegetales que visten o con las que se rodean sus mujeres recuerdan a los diseños de Arts & Crafts y del modernismo, evidentemente influidos éstos a su vez por la moda y la estampa japonesa del siglo XIX.
Ikenaga Yasunari. Makiko. En este detalle se puede ver muy bien el tramado de la tela y los efectos volumétricos del sombreaso en labios y cejas.
Estilo. La belleza de lo efímero.
Yasunari combina el estilo artístico de las antiguas pinturas japonesas con los temas modernos.
Los principios estéticos del arte japonés están presentes en sus obras, como:
- Kokoro o una especial sensibilidad entre la sensación y el pensamiento racional.
- Miyabi o estética de líneas elegantes.
- Mono no aware o empatía hacia las cosas efímeras. Es decir, nostalgia ante la belleza de las cosas que tan pronto las ves desplegadas, como un abanico, como se pierden.
Ikenaga Yasunari. Tomoko, 2004. 33cm x 24,5cm.
- Yugen o atmósfera de misterio y profundidad, algo que está suspendido entre la presencia y la ausencia. Es más una sugerencia, que un perfil acabado. Es aquello que sólo puede ser sugerido, pero no definido, es una gracia refinada y subyacente.
- Wabi o convencimiento de que la belleza debe nacer de la simplicidad extrema, que los rostros, por ejemplo, sean serenos en busca del recogimiento interno y no reflejen gestos o sentimientos grandilocuentes.
Ikenaga Yasunari. Yu, 2010.
- Sabi o estética de la presencia del paso del tiempo en los objetos. Esa pátina de color sepia que tienen los cuadros que hace que pensemos que estamos ante fotografías antiguas
- Fukinsei o búsqueda de la asimetría en las composiciones.
Ikenaga Yasunari. Natsumi, 2011.
A ello hay que añadir el toque de sensualidad y la atmósfera de ensueño que siempre tienen sus mujeres. Sus expresiones y posturas naturales atraen necesariamente al espectador. Y tan atractivos como sus rostros son las ropas que visten con motivos florales o rayas.
Ikenaga Yasunari. Shima, 2011.
En su página web podéis seguir viendo su obra, en la que cada cuadro se acompaña de un poema sugerente o haiku, lo que pasa que en japonés (sólo para iniciados). El poema es una invitación a la participación del lector y del espectador. Invitación a que sea él, el que le de un posible sentido a ambos, así cada uno de nosotros rehacemos su significado una y otra vez, sin determinar una única posibilidad.
Alejandra Caballero (Madrid, 1974) nos ha regalado este verano tres nuevas obras cargadas de encanto donde la mujer, captada en momentos íntimos de soledad, sigue siendo el centro de su atención. Son cuadros bellísimos que merecían un nuevo artículo en este blog. Qué mejor forma de agradecer su detalle que ofrecer a una colaboradora y admiradora de su obra, Calíope, que nos deleitara con sus impresiones acerca de los cuadros. Espero que os guste este recorrido poético.
Si algo caracteriza a Alejandra Caballero es la quietud profunda presente en sus obras. Una cotidianeidad íntima (semejante a la de los flamencos holandeses), acompañada de una pincelada difusa, dan como resultado la impresión de languidez, como si estuviera diluido. A su vez los tonos destilan armonía y suavidad, transmiten paz, sensación de nostalgia, de profunda calma, de serenidad.
Alejandra Caballero. El inicio del viaje, 2011. 81 x 73 cms.
Centrándome en El inicio del viaje es muy característica la negación del rostro de ella, como si estuviera destinada a comenzar a rehacerse, a empezar una nueva vida. La presencia del perro no hace más que acompañar este gesto, pues aunque ella va a emprender su viaje, no abandona esa parte de sí misma que simboliza el mayor amigo del hombre, sino que continúa evolucionando, con el hogar y su trayectoria a sus hombros.
También son significativas las dos puertas presentes en el cuadro. Una, llena de luz, a la que guía el pasillo central abierta de par en par, abre el paso a nuevas expectativas, a un paisaje desintegrado, lo que aún está por vivir, pero que la está esperando. En cambio la puerta que se posiciona tras ella es oscura, como si dejara el pasado o al menos un mal recuerdo atrás.
La misma posición sosegada pero indecisa de ella advierte de ese estado meditabundo que precede a las grandes decisiones. Tocada por la luz, la mujer se deja llevar por esa atmósfera refulgente, ese nuevo mundo, al que curiosamente el perro da la espalda, y ni siquiera hace el ademán de agarrar la maleta, pues se nos revela en ese instante de diálogo con uno mismo. El color blanco de la maleta produce un fuerte contraste con la indumentaria negra de ella, en relación a la sombra que aún la acecha detrás, la puerta ya mencionada, y que aún le cuesta dejar atrás, de la que aún está empapada. Todo este simbolismo aporta al conjunto la sensación de sublimación de la escena, como si fuera onírica, imprecisa, lo que se relaciona con el tema descrito.
A su vez, en el hermoso tapiz que es el suelo (que da cuenta de la diversidad del camino de la vida) convergen los tres tonos vagos e imprecisos que integran el cuadro: el azul pálido (que corona el horizonte y el marco de la puerta de salida), el siena que invade toda la pared y que a veces se torna sangriento pero otras se ve asediado por el blanco sucio o mejor, el gris más puro que irradia la puerta y el exterior y que es hacia donde, como ella, se dirige nuestra vista, al futuro, ese instante de presente que es el cuadro y el pasado que se esconde tras la puerta negra.
Alejandra Caballero. Habitación de hotel, 2011. 81 x 100 cms.
El de La Habitación de Hotel es aún más íntimo si cabe. El momento que Caballero comparte con nosotros es único, tiene un encanto personal, pues aunque es un gesto cotidiano, está tratado de forma natural y ahí se encuentra el hechizo, en esa atmósfera de nuevo borrosa, impresionista, de pincelada temblorosa, palpitante y amplia, que trasmite vacilación y una alta quietud. De nuevo nos encontramos en un espacio cerrado, concretamente, en el ángulo de unión de dos de las paredes. Si algo rompe el equilibrio de los tonos eso es el rojo, intenso y evocador, de la falda de ella, que vistiéndose, da la espalda a la ventana, punto de luz (que sitúa el desequilibrio del encuadre fotográfico, de nuevo tan impresionista), poniéndose el sujetador, concentrada, con la cabeza gacha. El recurso del espejo rompe la calidez del ambiente con tonos no ocres y rojizos, sino verdosos y pardos, acompañado de un escaso mobiliario que hace notar la estancia en el hotel, (frugal y escasa), así como la tristeza del suelo o lo tenues que son las sombras que proyectan la mujer y la silla.
A destacar por último podemos señalar el pórtico en relieve que sobresale de la pared central, del color de la misma, y que llama la atención tanto por su sencillez rústica como por su presencia. Podría aventurarse que alude a la falta de libertad de ella, que busca la propia soledad dando la espalda a la ventana, así contribuye más a la sensación de un momento tan fugaz (rescatado como bello al igual que la mitificación que los impresionistas hacían de lo más trivial), vivido un instante, pero no por ello menos importante.
Alejandra Caballero. Vacaciones, 2011. 73 x 100 cms.
En Vacaciones, más de la mitad de la obra es un paisaje. De nuevo esos tonos pálidos, azul y amarillo, mar y arena, que se mezclan y encuentran su unión en el cielo, de un azul traqueteado por manchas de un ocre pálido, que se comen los últimos restos del horizonte. En el margen izquierdo la mirada perdida de una figura femenina observa meditativa en un momento totalmente casual, dicho paisaje. Es casual porque vemos que ni ha terminado de salir de un edificio del que solo contemplamos las puertas abiertas de par en par, de nuevo esa liberación, esa salida, esa vida respirable. El propio nombre del cuadro, Vacaciones, es visible en el calzado de ella, en su cabello recogido, su vestido instigado por el viento, su actitud de estar sumida en sus pensamientos, quizá el paisaje la propicia a ello y le sirve como telón de fondo. Se aprecia un blanco edificio empequeñecido por la distancia, de sinuosidades de tierra entrometiéndose en el mar.
Los cuadros se han expuesto en la colectiva de verano (Julio) de la Galeria Jordi Barnadas de Barcelona. Para ver más cuadros de la artista os recomiendo esta presentación y el artículo que le dediqué allá por Mayo.
El Museo Thyssen‐Bornemisza de Madrid presenta desde el 28 de Junio y hasta el 25 de septiembre de 2011 la tan esperada exposición antológica del artista español Antonio López (Tomelloso, 1936). Es un acontecimiento que sólo ha tenido como precedente comparable la exposición que en 1993 tuvo lugar en el Museo Reina Sofía. El propio pintor ha dirigido la selección y el montaje de su obra, lo que convierte a la muestra en casi un manifiesto autobiográfico. Para que nadie se pueda perder el placer que produce la contemplación de la obra de este pintor he preparado una presentación de ppt con las mejores imágenes y los detalles más cercanos que he podido encontrar. Vedla a pantalla completa para no perderse nada. He añadido algunos cuadros más que no están en la muestra porque los considero importantes para entender el conjunto de su obra.
En la muestra podemos ver cerca de 130 piezas entre pinturas, dibujos y esculturas, que abarcan todo el devenir de sus 60 años como artista pero sin un orden cronológico continuo. En el siguiente documento tenéis los datos técnicos.
El recorrido comienza en las salas de exposición de la planta baja del Museo, con un vestíbulo de entrada donde aparecen tres obras a manera de síntesis de su producción. Antonio López ha escogido para presentarse: unos bustos en escayola copiados del templo de Zeus en Olimpia, con lo que quiere decirnos que se declarara heredero de la tradición clásica; un cuadro de su primera etapa, Carmencita jugando (1959‐1960), para hacernos saber lo importante que es para él su familia y sus orígenes manchegos; y su primera vista panorámica importante de Madrid, Terraza de Lucio (1962‐1990), que es testimonio de su forma de trabajar -lenta, pero constante- y de la temática que le ha hecho popular, la ciudad que le fascina y que ha pintado decenas de veces, pero también de las cosas sencillas (un muro, una terraza, un rosal...).
Antonio López. Terraza de Lucio, 1962‐1990. Óleo sobre tabla. 172 x 207 cm. Colección privada.
A continuación entramos en la parte de la muestra que se ha querido resaltar: la producción de los últimos veinte años, la que sólo hemos podido ver en exposiciones parciales desde aquella retrospectiva del año 93. Las salas se estructuran a través de tres/cuatro ejes temáticos fundamentales: su familia; las vistas de Madrid; las sencillas composiciones hechas en el interior de su casa, de su taller o de su huerto; y la figura humana.
Su familia (su esposa y sus dos hijas, Carmen y María) y él nos acompañan en escultura, dibujo u óleo por estas primeras salas. Son como nuestros guías particulares de la exposición.
Antonio López. Mari y Antonio, 1967‐1968. Madera policromada. Hessisches Landesmuseum Darmstadt.Este es uno de los pocos autorretratos del pintor. Le acompaña su mujer.
Grandes espacios ocupan sus conocidas vistas de la ciudad de Madrid desde Torres Blancas, desde Capitán Haya, desde le Palacio Real, desde Vallecas...Son cuadros en formato apaisado, llenos de matices de luz, de color y de detalles. Aunque son conocidos no dejan de sorprender cuando se pueden ver in situ y adentrarse en los miles de detalles, que una foto impide resaltar. Por supuesto, que está también su mítica vista del arranque de la Gran Vía. A esta avenida se le dedicada una sala entera, puesto que a este cuadro le acompaña una serie en la que viene trabajando el pintor desde hace varios años. Se ha propuesto captar vistas de la calle en un día concreto, el 1 de agosto, bajo luces de distintas horas del día. Algunos cuadros están más terminados que otros, pero yo creo que ni el propio pintor sabe cuando se acabarán, pues sólo le valen para pintar 30 minutos de luz de 15 días del año. Estos óleos nos muestran a un Antonio López que ama la ciudad de Madrid, sus edificios y su luz, pero que a su vez la muestra vacía de gente... solitaria.
Antonio López. Gran Vía, 1 de agosto, 13.45 horas. Cuadro inacabado, 2010-2011. Óleo sobre lienzo, 130 x 120 cm. Colección del artista.
En esta planta baja también hay una sala dedicada a sus otros grandes motivos: sus sencillas composiciones que tienen como objetivo captar la esencia de los objetos y retenerlos en el tiempo. Hay una completa selección de dibujos y pinturas de su taller, de los objetos más triviales y cotidianos como una nevera abierta, y de su huerto. En estas obras podemos seguir reflexionando sobre los conceptos de realismo y cuadro finalizado en la obra en Antonio López. Como muestra sirva el detalle que ofrezco debajo de Nevera nueva donde lo aparentemente perfecto y delimitado se convierte en mancha y esbozo de color.
Antonio López. Nevera nueva, 1991‐1994. Óleo sobre lienzo. 240 x 190 cm. Colección privada de Florentino Pérez, Madrid. Abajo detalle de la parte inferior de la puerta.
Y, en último lugar, hay un espacio para la representación de la figura humana, tan importante en su producción tanto en escultura como en dibujo. El desnudo y la proporción son los protagonistas. Figuras estáticas, personas atemporales que no reflejan los cánones idealizados clásicos, sino los de los seres mortales. Me recuerdan, en cierta manera, a la estatuaria funeraria romana.
Antonio López. Hombre y Mujer, 1968‐1994. Madera policromada. Hombre: 195x59x46 cm. Mujer: 169x42x38 cm. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.
La exposición continua en las salas del primer sótano del Museo (salas Moneo) con un recorrido tanto temático como cronológico.
Aquí están los primeros cuadros de formación de los años 50 en Tomelloso y en la Escuela de Bellas Artes y San Fernando de Madrid. Podemos ver unos inicios con un estilo bien distinto, de pintura más matérica, donde podemos ver retazos de collage y al óleo mezclarse con la ceniza, el papel o la tierra. Los volúmenes de sus figuras son rotundos, incluso tendentes a la geometrización. Temáticamente practica el bodegón y y el retrato de familiares y amigos de forma individual o por pareja. Sus personajes están absortos, con una mirada distante y de eternidad.
Antonio López. Mis padres, 1956. Óleo sobre lienzo adherido a tabla. 87,3 x 103,9 cm. Centre Georges Pompidou, París.
Desde finales de los 50 y hasta bien entrados en los 60, su estilo tiende hacia el surrealismo. Cada vez cobran más importancia escenas inquietantes, espacios aparentemente lógicos pero donde suceden hechos extraños o encontramos objetos situados fuera de su contexto habitual. La alacena es uno de esos ejemplos. El abigarrado mueble se encuentra coronado por la cabeza flotante de una mujer y de un candil.
Antonio López. La alacena, 1962‐1963. Óleo sobre tabla. 200 x 100 cm. Colección privada.
Desde mediados de los sesenta cobran cada vez más protagonismo los paisajes (en el piso superior) y las escenas de la intimidad de madurez del pintor. Me encanta La cena y especialmente los cuadros del cuarto de baño, un lugar a penas captado por los pintores y, sin embargo, es espacio habitual de todos los seres humanos, allí donde nos encontramos verdaderamente con nosotros mismos en total soledad y reflejados en el espejo.
En las últimas salas se ofrecen más objetos, flores y los últimos proyectos de su taller entre las que se encuentran los bocetos y las pruebas en escayola de las "cabecitas" de sus nietos. Es el material que le sirvió para realizar las colosales figuras de bronce que se pueden contemplar por ejemplo en la entrada del museo o en la estación del AVE en Atocha. Echamos en falta el prometido retrato de los Reyes que durante mese se anunció como obra reclamo de esta exposición. Creo que Antonio López igual que ha presentado otras obras inacabadas no debería de habernos privado de este retrato que había levantado tantas expectativas.
En el exterior y en el hall central del museo se exponen sus obras monumentales, la ya mencianada "cabecita" de Carmen dormiday su gigantesca Mujer de Coslada de nada menos 5 metros de altura.
Antonio López. Carmen dormida, 2008. Bronce ed. 2 de 3. 243 x 200 x 228 cm. Cortesía Galería Marlborough. Expuesta en el jardín del museo.
La muestra se completa con la proyección de dos documentales elaborados específicamente para la ocasión con imágenes del trabajo de Antonio López en este último año, tanto en su estudio como en exteriores, así como diversas entrevistas a personas próximas a él. Se quiere indagar con ellos en su lado humano, lo que es fácil, porque es un hombre sincero, que no esconde nada. Su personalidad se refleja además en su obra: hombre apasionado por su trabajo; cordial; de carácter entre reservado y abierto: amante de la vida familiar y de sus amigos de siempre; de costumbres sencillas... Su vida no ofrece episodios novelescos ni bohemios. Es un hombre cabal, del que emana humanidad y normalidad. Como su pintura, es lo que se ve. Como no he podido hacerme con ninguno de estos documetales, os ofrezco el enlace a un reportaje de 15 minutos que le dedicó el programa Informe Semanal de RTVE con motivo de esta exposición, de título "Antonio López.,el maestro español del realismo".
Antonio López pintando en la Gran Vía.
Además, todos los sábados del mes de julio podrá verse en el salón de actos del Museo la película El sol del Membrillo (1990‐1992). El cineasta Víctor Erice quiso explorar en cómo es el proceso de creación de una obra de arte. No es documental al uso sino más bien un diario que pone en relación cine y pintura. El objeto es contemplar a Antonio López pintando un membrillo en el patio de su casa.
La conclusión a la que finalmente llego al terminar de ver la exposición es que Antonio López no es un pintor realista o hiperrealista, como suele calificársele, sino un hombre que pinta su realidad.
Tras su presentación en Madrid, la exposición podrá verse, en una versión algo más reducida, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 10 de octubre de 2011 al 22 de enero de 2012.
Descubrí la obra de la pintora Alejandra Caballero por azar. Navegaba sin rumbo por Internet, es decir, cotilleaba. Las páginas se sucedían a ritmo de rueda de ratón, dejándome llevar de unas a otras y a otras y a otras. Al cabo de media hora me di cuenta de que había una imagen que permanecía impresa en mi subconsciente y que merecía la pena volver atrás para recuperarla. No recordaba la web o el blog donde la había visto, pero sí que era una escena íntima y cercana que de alguna manera me había conmovido. Era La Cena de Alejandra Caballero, una pintora desconocida para mí entonces, y de la que todavía hoy sigo sin saber gran cosa porque hay poca información en la red. Tengo, por tanto, el atrevimiento de hablar de su obra y romper una lanza por ella, espero que sepáis disculparme si cometo algún error de apreciación.
Alejandra Caballero. La Cita (detalle), 120 x 130. 2009.
Lo que sé de Alejandra Caballero.
Nació en Madrid en 1974 y se licenció en 1997 en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid.
Su primera exposición individual fue en 1999 en Madrid, pero desde el 2003 en que se afinca en Barcelona expone más habitualmente en las galerías de esta ciudad, especialmente en la galería Jordi Barnadas donde desde septiembre de 2004 acude a la cita cada dos años. Su última exposición la realizó en febrero de 2010 allí con el sugerente título “Yo no te pido…”, prestado del poema de Mario Benedetti. Esta exposición atrajo la atención de algunos medios como el dominical del periódico La Vanguardia (miércoles, 30 de febrero de 2010) que le dedicó un artículo a cuatro páginas. Más información sobre premios y exposiciones realizadas aquí. En Julio de 2011 ha participado en una exposición colectiva con tres nuevos cuadros que podéis ver comentados en este enlace. En Mayo de 2012 ha celebrado una exposición individual en la Galería Barnadas, llamada "Interior", que podéis ver comentada en este enlace.
Se le clasifica dentro de un estilo de figuración poética.
Alejandra Caballero. La piscina, 2009. 89 x 130 cms.
En esta presentación podéis ver algunas de las obras que he podido recopilar de ella. Aunque sin conocer a ciencia cierta la fecha de algunas me atrevería a decir que son en su mayoría de su producción más reciente, de entre 2007 y 2011. Espero que os gusten. Para verlas en todo su esplendor desplegarla a pantalla completa. Si queréis acompañarla con música tenéis una canción de Joan Manuel Serrat al final del artículo que le va al pelo.
Características artísticas y temáticas. Su relación con Hopper.
Es inevitable que la obra de Alejandra Caballero nos recuerde a la de Edward Hopper, porque sin duda le inspira en parte de sus cuadros. Comparte con él:
- La atracción por lo cotidiano. A menudo la protagonista del cuadro es una mujer que realiza una acción intrascendente: lee, prepara el desayuno, duerme, contempla el exterior de lo que hay más allá de su espacio… Pero en el universo de Alejandra Caballero también tiene cabida la tierna infancia, lo que en la obra del pintor americano no existe, y los animales domésticos, perros y gatos, a los que dota de una expresividad muy humana. Los escenarios más habituales son en los dos casos espacios del ámbito privado, habitaciones, aunque el pintor americano prefiere representar a sus personajes en hoteles de paso y Alejandra en sus propios hogares. El tema del bar y el encuentro/desencuentro que se produce entre las personas que se refugian en ellos también es otro punto común.
Alejandra Caballero. El ángel del Raval, 2009. 50 x 50 cms.
- Las composiciones simples. Una o dos figuras llenan la escena. No hacen falta más personajes para recrear una impresión. A menudo son personajes ensimismados en una tarea o acción como los de Hopper, aunque sin la carga de soledad o desamparo que tiene las de éste. Coinciden también en utilizar las estructuras arquitectónicas, sin aderezos decorativos, para obtener potentes perspectivas que nos guíen hacia el tema o hacia el espacio exterior. A veces, lo que sucede o, mejor dicho, lo que se sugiere que sucede más allá de la puerta o ventana abierta donde se desarrolla la escena es el verdadero protagonista del cuadro.
Alejandra Caballero, 2009. Amanecer (arriba). Comparación con Sol de amanecer de Hopper, 1952 (abajo).
- Para ambos el tratamiento de la luz es decisivo para crear sensaciones, pero difieren en la sensibilidad de cómo lo abordan. Nuestra pintora prefiere que la luz inunde todos los rincones, es una iluminación que deja una sensación alegre y positiva. Hopper se sirve de la luz para crear violentos contrastes que dejan profundas y alargadas sombras que acentúan la soledad de sus personajes ante el mundo.
El cuadro "La Cena", 2009. Interpretación.
Una de las características más evidentes de la obra de Alejandra Caballero es que sus figuras aparecen en lugares donde todos podemos reconocernos: un pasillo, la cocina de un piso nuevo, un comedor, el porche de un chalet…, pero a la vez el ámbito resulta impersonal, como sacado de un recuerdo abstracto puesto que carece de detalles. Para ser más preciso diría que selecciona la información gráfica que le interesa según el ambiente que quiere crear o las posibilidades compositivas o expresivas que le den las formas de los objetos o su color.
En su cuadro de La Cena (2009) reconocemos una cocina alargada de cualquier piso moderno que termina en una puerta acristalada de salida a una terraza. Otros enseres comunes nos confirman el espacio: una encimera con su vitrocerámica… pero, incomprensiblemente, la cocina carece de frigorífico y, sin embargo, sí posee una campana extractora de humos. La razón es que la luz que puede emitir este aparato le sirve a la pintora para crear una iluminación cenital como un foco en el lado izquierdo del cuadro, desde donde redireccionar una luz indirecta e intima que necesita la ambientación del resto de la escena. Algo parecido ocurre con el fregadero que con su hueco geométrico y con sus brillos metálicos contribuye a compensar rítmicamente la mancha rectangular de la placa vitrocerámica, pero… sorprendentemente ese fregadero no tiene grifos.
La cocina está impoluta y sin un solo objeto decorativo ni cacharro, sólo un trapo de cocina ¿olvidado? No, se trata de introducir el objeto casual en un mundo tan ordenado y pulcro, algo que haga humano a ese espacio. Es tan aséptico, un hogar limpio de paredes blancas, una casa recién estrenada que espera ser rellenada de recuerdos.
El ámbito impersonal descrito contrasta con la humanidad del otro foco de luz. Una lamparilla ilumina a un niño que toma la cena. Viste un sufrido babi azul con el que proteger la ropa de las manchas, lo que hace más real el momento familiar. Su madre le vigila amorosamente, pero esta escena queda abierta a la interpretación de cada cual. La madre contempla a su hijo con arrobo y seguramente escucha sus historias infantiles. ¿Pero en qué o en quién esta pensando ella? Su postura parece revivir con nostalgia el pasado… Tal vez el de otro momento parecido que vivió en su infancia junto a su madre o tal vez en su mente esté la pareja ausente que se pierde tan grato instante de paz familiar… Cada uno es libre de continuar la escena.
A través de la ventana vemos las luces de la noche de cualquier ciudad.
Pequeños instantes. La vida pasa tranquila.
Parafraseando a Joan Manuel Serrat "De vez en cuando la vida (:..) se hace de nuestra medida..."
De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas, nos pasea por las calles en volandas,
y nos sentimos en buenas manos; se hace de nuestra medida, toma nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela.
De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla. Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena.
De vez en cuando la vida se nos brinda en cueros y nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo.
De vez en cuando la vida afina con el pincel: se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla.
De vez en cuando la vida nos gasta una broma y nos despertamos sin saber qué pasa, chupando un palo sentados sobre una calabaza.
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