La obra de El Greco, Doménico Theotocopoulos, es una caso único en la Historia de la pintura. Cualquier persona sin tener muchos conocimientos artísticos puede identificar su inconfundible estilo. Su originalidad radica en una personalidad peculiar y, sobre todo, en que en él confluyen cuatro tradiciones pictóricas y espirituales que se sintetizan en armonía creando un estilo irrepetible: la figuración bizantina, el colorismo veneciano, el manierismo miguelangelesco y la espiritualidad castellana.

Por otro lado, la obra de El Greco es un caso sin parangón de evolución y de madurez de un artista: hay un auténtico abismo entre los trabajos insignificantes del "Greco pintor de iconos" hasta sus altísimas creaciones de época española. En la siguiente presentación podemos deleitarnos en su recorrido en sus más de 50 años de pintura.

I) Nacimiento y formación en Creta (1541-1567). La tradición bizantina.

Nació Doméncio Tehotocopoulos en  la ciudad cretense de Candía en 1541. La isla era por aquel entonces una colonia de la República Veneciana, donde, sin embargo, se hablaba griego y se regía artísticamente por la estética bizantina. Su iniciación profesional tuvo como marco, probablemente, alguno de los talleres monásticos que mantenían las enseñanzas de la pintura mural y de iconos como una práctica artesana de repetición.

Aunque no tenemos cuadros autentificados de aquella época sus primeras obras en Italia denotan todavía dejes de este aprendizaje como los modelos humanos y el gusto por representar las figuras sin referencia espacial (los fondos dorados).

Tránsito de la Virgen, 1567. Por muchos conceptos no puede ser más bizantina.

II) Los años entre Venecia y Roma (1567-1576). La adopción de los recursos del renacimiento italiano.

Debió ser en torno a 1567 cuando El Greco llegó  a Venecia, la metrópoli, donde se desplegó ante sus ojos un panorama de excepcional esplendor artístico, que varió su forma de pintar. Coincidió con la última fase del siglo de oro de la pintura veneciana: el viejo Tiziano, Tintoretto, los Bassano y El Veronés. La conversión a la pintura occidental no aconteció súbitamente como podemos comprobar en el Tríptico de Módena (1568) que aún conserva mucho regusto bizantino.

En sólo dos años se producirá la transformación e irán calando en él:

  • la pincelada amplia y libre
  • los modelos humanos del manierismo,
  • los contrastes lumínicos,
  • los atrevidos escorzos,
  • el rico colorido veneciano y
  • la perspectiva.

Compara las dos obras que vienen a continuación y señala las diferencias de estilo.

Tríptico de Módena (1568). Detalle de la Adoración de los pastores.

Anunciación del Museo del Prado, 1570.

Cuando en 1570 se traslada a Roma ya es un pintor que domina la pintura occidental. En esta ciudad busca seguir aprendiendo del contacto directo con la pintura de Miguel Ángel y conseguir la notoriedad que no puede conseguir en una Venecia plagada de pintores de calidad. Sin embargo, lo más destacable que  hace artísticamente hablando son retratos, como el que hace para su amigo Giulio Clovio. El pintor un tanto frustrado por la imposibilidad de mostrar su valía se permite fanfarronear, llegando a declararse capaz de mejorar el Juicio Final de Miguel Ángel. Sea por la enemistad que le genera tal comentario entre los círculos intelectuales romanos,  o sea porque confía en algún encargo de mérito en la corte de Felipe II de España, el caso es que hacia 1576 abandona Italia rumbo a España como hicieran otros pintores italianos.

III) La primera etapa en España (1577-1586). El desarrollo del manierismo.

La primera mención de El Greco en España es de 1577, cuando aparece ejecutando el retablo mayor de la iglesia de Santo Domingo el Antiguo de Toledo con su formidable escena de La Trinidad. Poco después pinta el impresionante Expolio de la sacristía de la catedral. Es de imaginar la sensación que en Toledo producirían estas pinturas, en los que se funden originalmente lo mejor del colorido veneciano y del manierismo miguelangelesco. Tales obras y su artífice encajarían perfectamente en el ambiente religioso, literario y artístico de la ciudad.

Detalle de la Trinidad (1577-79). La influencia se deja ver en la anatomía del brazo derecho torsionado, en la cabeza hundida de Cristo entre los hombros, y en la cabeza de Dios Padre, que evoca el Moisés miguelangelesco.

Pero las aspiraciones de El Greco apuntaban más alto, él había venido a España buscando abrirse las puertas de El Escorial, entrar al servicio de Felipe II. Y, en efecto, en 1579 logró atraer la atención del monarca y  el encargo de un cuadro para el retablo de El Escorial. Por desgracia, el cuadro que realizó, el Martirio de San Mauricio (1580-82), no gustó iconográficamente al rey que buscaba una escena conmovedora al uso de la contrarreforma y no un diálogo amigable entre el santo y sus torturadores.

Fallido el intento de conquistar el favor real, el pintor se domicilia y crea taller en Toledo definitivamente. De aquí apenas saldrá en el resto de su vida. Se siente a gusto en esta ciudad donde no le falta clientela. Sus amistades le piden retratos (El caballero de la mano en el pecho, 1583) y los conventos y parroquias de la ciudad y del arzobispado retablos y lienzos de devoción.

IV) Del Entierro del Conde de Orgaz hasta su muerte. 1586-1614. La etapa expresionista.

La obra monumental de El Greco, el Entierro del Conde  de Orgaz (1586), es la obra de madurez en donde se concitan los dos géneros en los que se especializa en esos años. La composición se organiza en dos registros horizontales. El inferior representa la leyenda del milagro acaecido durante el sepelio del conde en donde se aparecieron San Esteban y San Agustín para depositar el cadáver ensu tumba. La escena se actualiza mediante el añadido del grupo de caballeros toledanos contemporáneos del pintor que contemplan la escena y de su propio hijo que mira a los espectadores y nos señala con su dedo el momento. El piso superior representa la recepción del alma del difunto en el cielo. Entre la corte celestial el retrato de Felipe II.

Detalle del Entierro del Conde de Orgaz. Retratos de caballeros, San Esteban y su hijo Jorge Manuel señalando el milagro. Se dice que el caballero que nos mira por encima de la cabeza del santo podría ser el autorretrato del pintor.

La diversidad de los dos mundos, el terrenal y el celeste, será a partir de ahora una constante de sus cuadros. Todavía en este cuadro el plano terrestre está tratado con sobriedad de colores y realismo en el retrato, pero el cielo ya manifiesta una libertad de pincelada desmaterializadora que "espectraliza" a los seres.

El retrato. Sus condiciones de retatistas son excepcionales y aún se expresarían mejor en cuadros posteriores como los retratos del Cardenal Niño de Guevara (1600) del  Metropolitam Museum de Nueva York y el de fray Hortensio Félix de Paravicino (1609) del Museo de Boston. En todos sus retratos muestra una pincelada suelta  en lo formal y un interés por adentrarse en las personalidades de los retratados. La mayoría de las veces reflejan solemnidad y distancia del retratado (se habla a veces de hieratismo), pero en algunos cuadros, como el de Fray Hortensio, podemos sentir simpatía y los lazos de amistad que unían al pintor con el fraile poeta.

Retrato de fray Hortensio Félix de Paravicino (1609). Museo Fine Arts of Boston.

Los retablos y las obras religiosas. La obra religiosa tras 1586 evoluciona hacia un lenguaje personal en el que las escenas cada vez se despegan más de la realidad:

  • Los cuerpos se alargan a la manera manierista, pero cayendo en la exageración expresionista para dotarlos de mayor espiritualidad. Juega con la deformidad y la ingravidez de las figuras para crear más sensaciones oníricas. No es de extrañar que tanto el expresionismo como el surrealismo del siglo XX tuvieran a El Greco como pintor inspirador.
  • Las leyes de la perspectiva renacentista se arrinconan y los fondos se convierten en manchas de color vaporoso, que crean ambientes sobrenaturales. El color tiene un valor por sí mismo en el cuadro sin depender ni de la forma ni del dibujo, lo que le confiere también un carácter moderno.

Detalle de la Adoración de los pastores de Santo Domingo el Antiguo, Toledo (1610-14). es el mejor ejemplo de los juegos de luz y color y de deformación de las formas. Posiblemente el pastor de espaldas sea su propio retrato ya que esta obra sería para su propia capilla funeraria.

Entre los principales encargos religiosos de esta etapa final habría que destacar los retablos de La capilla de San José en Toledo (1597-99), el del Colegio de Doña María de Aragón en Madrid (1596-1600) y el de la capilla del Hospital de la Caridad en Illescas, Toledo (1603). También pintaría muchos cuadros pequeños con la participación de su taller. Se trata de santos, a menudo, dispuestos por parejas y de cuerpo entero, como el  San Andrés y San Francisco del Museo del Prado, y de los doce apóstoles individualizados y Cristo bendiciendo. De estos se conservan enteros, o casi, hasta tres Apostolarios: el de la catedral de Toledo, el de la iglesia de Almadrones de Guadalajara hoy en el Museo del Prado o el de la Casa de El Greco en Toledo.

Salvador (Cristo Bendiciendo) de Almadrones, Guadalajara. 1608-14. Clara presencia del modelo siriaco bizantino y hasta de una tendencia al fondo dorado. Es posiblemente obra de taller.

La obra profana. El Greco también hizo incursiones contadísimas en otros géneros de pintura profana. Destacan los paisajes de Toledo, a medio camino entre la realidad y el sueño, y el extraño cuadro mitológico del Laoconte con el paisaje de Toledo al fondo.

Detalle de Laoconte. La ciudad de Toledo como una aparición al fondo.