Leyendo el Episodio Nacional de Benito Pérez Galdós "El equipaje del rey José" se me ocurrió que podría escribir un artículo que sirviera para entender una de las consecuencias más calamitosas de la conocida en España como Guerra de la Independencia y en el mundo anglosajón como Peninsular War (1808-1813).

Se suele conocer la relación entre Arte e Historia de estos momentos a través de algunas de las mejores obras de Goya que nos reflejan con crudeza los desatres morales y humanos de la Guerra. Sus óleos (El 2 de Mayo y Los fusilamientos del 3 de Mayo en Madrid, 1814) y sus grabados (Los desastres de la Guerra, 1810-15) son el doloroso testimonio de esta guerra. Son tan expresionistas que no dejan a nadie indiferente. También  en estos años el artista realizó los excelentes retratos de algunos de sus protagonistas (Palafox, Lord Wellington, Juan Martín "El Empecinado").

Francisco de Goya. Los fusilamientos del 3 de Mayo en Madrid, 1814.

Sin embargo, son menos conocidas las pérdidas artísticas sufridas por las destrucciones o por los expolios de estos años, que es a lo que vamos a dedicar este artículo. Para un exhaustivo estudio sobre la destrucción del patrimonio español en la época contemporánea consúltese la obra de Francisco Fernández Pardo "Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español".

La ocupación francesa y la destrucción del patrimonio.

La ocupación de los franceses y el gobierno de José I Bonaparte fue quiza el periodo de la Historia de España en el que se produjo un mayor saqueo y destrucción del patrimonio histórico y artístico. La destrucción por motivo de los asedios o de las represalias afectó notablemente al patrimonio arquitectónico y figurativo, pero también al documental y sentimental. Muchos edificios (iglesias, monasterios, palacios) fueron demolidos por formar parte del sistema defensivo de las ciudades como Zaragoza, Gerona, Cádiz, Alicante, Salamanca, Burgos...,pero otros fueron saqueados e incendiados sin más por vandalismo o por venganza. Algunos nunca fueron recuperados y otros por su valor artístico fueron reconstruidos entre los siglos XIX y XX. Valga como ejemplo el monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo, joya del Gótico isabelino, cuya biblioteca, dos claustros e iglesia fueron incendiados y muchas de sus esculturas decapitadas en diciembre de 1808 por el ejército francés. La imagen de abajo, dibujada por Francisco Javier Parcerisa hacia mediados del siglo XIX , nos muestra todavía el claustro derruido como consecuencia de aquellos hechos.

El expolio más documentado es el saqueo pictórico, al menos el realizado a gran escala por los generales franceses y por el propio José I. Conocemos muchos de sus robos porque no hicieron nada por ocultarlos y l y porque tarde o temprano se comercializaron a través de marchantes, pinacotecas y colecciones particulares.

El robo particular: los marchantes y los generales franceses.

Desde antes del dos de  mayo de 1808 ya pululaban por España algunos individuos como el marchante Juan-Baptiste-Pierre Le Brun que, sacando partido del desorden nacional, habían comenzado a adquirir obras de arte a buen precio y a sustraerlas del país a escondidas. Pero comenzada la Guerra el expolio fue a gran escala.

Uno de los personajes que más destacaron por la avidez fue el mariscal Soult, quien a su paso ordenaba a las iglesias y comunidades que "le regalaran" los mejores cuadros. No muy atrás se quedaron los general Mathieu de Faviers, Lapereyre, D´Armagnac, Desollè y Sebastiani. Se calcula que sólo de los conventos e iglesias de Sevilla se llevaron más de 180 cuadros de primeros maestros españoles, entre los que destaca la rapiña que hicieron de los Murillos, tal vez porque sabían que eran más cotizados que otros artistas. La calidad de los cuadros sustraídos y su diáspora posterior es impresionante. Aquí señalamos algunos de la colección que atesoró Soult y que sus descendientes vendieron y hoy se reparten por todo el mundo:

  • Del Convento de San Francisco, “El alma de Felipe II sube al cielo”, hoy en Williamstown (Massachusetts); La cocina de los ángeles y “Fray Junípero y el pobre, en el Louvre (Paris);

Murillo, La cocina de los ángeles, Louvre.

  • De la Merced Calzada, La huida a Egipto, hoy en Génova y “La Resurrección”, recuperado en 1.814 para la Real Academia de San Fernando;
  • De la Catedral de Sevilla, El Nacimiento de la Virgen”, hoy en el Louvre;
  • De la iglesia de Santa María la Blanca, Triunfo de la Inmaculada”, también  hoy en el Louvre ;
  • Del Hospital de los Venerables Sacerdotes , “San Pedro arrepentido”, hoy en Newick; “El Niño Jesús repartiendo pan a los peregrinos”, en Budapest y La Inmaculada Concepción”, recuperado para el Museo del Prado en 1.941;

Murillo, La inmaculada Concepción de los Venerables o de Soult.

  • del Hospital de la Caridad, “San Pedro libertado por un ángel”,  en el Ermitage de San Petersburgo; “La curación del paralítico en la National Gallery de Londres; “La vuelta del hijo pródigo”, en Washington; “Abraham y los tres ángeles”, en Ottawa.

Murat, en cambio, despreció los cuadros de los pintores españoles y prefirió quedarse con todos los que pudo de los maestros italiano y flamencos. En septiembre de 1808 saqueó el palacio de Aranjuez de Godoy y robó sus cuadros. En ningún caso lo que impulsó a su robo fue el "amor por el arte", sino el hacer fortuna con su venta.

No sólo fue el lucro lo que animó a la destrucción, sino también la incultura y el desprecio por todo lo que fuera del enemigo. Se dio el caso que los soldados del general Lejeune, acampados en los alrededores de Zaragoza, hicieron improvisadas tiendas de campaña para protegerse de la lluvia y el frío con los lienzos de las iglesias y conventos que habían saqueado. En otros casos fueron puertas, vigas y toda clase de objetos de madera, incluidas las estatuas, las que fueron utilizadas para hacer fuegos con las que calentarse.

El robo institucional del Estado francés y de José I.

Pero si el botín de los generales causó estragos, la rapiña oficial no le fue a la zaga. El 20 de diciembre de 1809 se publicó el Real decreto fundacional del Museo de Madrid, que fue una simple excusa para expropiar y recopilar un gran número de pinturas. Inicialmente se argumentó que el museo jesefino tenía como misión salvarlas estas obras del saqueo, pero posteriormente se convirtió en un proyecto para ser enviadas finalmente al Louvre en Francia. Napoleón quería potenciar los fondos del museo con las principales obras de aquellos países que invadió.

Couder. Napoleón visita el Museo de Louvre, 1833.

Se formaron comisiones regionales de requisa dirigidas por Frederic Quilliet con el fin de localizar las obras más importantes guardadas en monasterios exclaustrados, edificios públicos y palacios reales. Para ello utilizaron como guía el Diccionario histórico de las Bellas Artes en España de Ceán Bermudez, publicado en 1800. El número de cuadros requisados en Madrid sobrepasó el millar y medio y fueron acumulados en malas condiciones en los conventos del Rosario y de San Francisco. En el Alcázar de Sevilla se reunieron un millar de toda Andalucía. El deterioro por humedades y mal almacenamiento en estos depósitos y los robos que sufrieron por el mismo Quilliet y su camarilla (Maignien, Napoli y el marchante inglés G. A. Wallis)  fue tan flagrante que fue denunciado en 1810 y el comisario fue apartado de su puesto. Finalmente sólo 300 de elllos, no los mejores, fueron enviados a París  junto con El Tesoro del Delfín en mayo de 1813. Bien es cierto que estos cuadros y objetos serían devueltos a partir de 1816 cumpliendo con lo acordado en el Congreso de Viena. Del resto algunos se esfumaron, como los centenares sacados de San Lorenzo de El Escorial de los que sólo se recuperaron una veintena, y otros componen la base de nuestro Museo del Prado actual.

Salero hecho en ónice y oro. Incrustaciones de rubíes y diamantes. Una de las piezas del Tesoro del Delfín, hoy en el Museo del Prado.

José Bonaparte tampoco se marchó con las manos vacías. En su retirada de1813 hacia Francia llevaba consigo  1500 carruajes cargados con oro, monedas, joyas, plata, seda, orfebrería, plantas rarísimas del jardín botánico, colecciones de minerales y, en fin, cuadros de las colecciones reales de los palacios cercanos a Madrid. El ejército francés fue interceptado por las tropas anglo-luso-españolas al mando de Arthur Wellesley, duque de Wellington el 21 de junio a la altura de la ciudad de Vitoria.

La victoria de los aliados sentenció la guerra y puso al descubierto el botín que se llevaba José Bonaparte. La joyería y la plata fue hecha desaparecer por los soldados durante la noche. La parte del convoy que contenía los grandes cuadros y las esculturas se salvó de la rapiña por haber salido doce horas antes que los demás carros con el general Maucune. Muchos de ellos llegarían a Francia y serían devueltos en los años siguientes. Otra parte acabó en manos del propio duque de Wellington, el gran héroe de la jornada, que sin desembalar los bártulos los remitió a Inglaterra. Allí, su hermano, lord Marlborough, le escribió poco después: "He abierto los paquetes tomados en Vitoria y los he enviado a su casa para que fueran cuidadosamente examinados, habiendo encontrado que contienen una colección de pinturas como usted no puede concebir... Le envío un catálogo de 165 de las pinturas más valiosas."

Velázquez. El aguador de Sevilla. Museo Wellington, Londres.

La lista la componían cuadros procedentes del Palacio Real de Madrid, del Palacio de Aranjuez y del Palacio de la Granja de San Ildefonso de pintores como Teniers, Brueghel, Van Dyck, Rubens, Tiziano, Guido Renni, Corregio, Ribera, Claudio Coello, y Murillo. Entre ellos destacaban tres de Velázquez El aguador de Sevilla, Dos jóvenes comiendo en una mesa humilde y Retrato de caballero.

Asombrado, el duque de Wellington consideró que había que devolver aquel tesoro y así lo propuso en 1814 a Fernando VII cuando fue repuesto como rey de España. El rey de forma estúpida le respondió que se quedara las pinturas, "que habían venido  a su posesión por medios tan justos como honorables". El duque no rehusó el regalo y colgó las pinturas en su residencia, el palacio de Apsley House en Londres, donde hoy en día se conservan como parte fundamental de la pinacoteca del Museo Wellington.