El retrato es la principal contribución de Roma a la escultura en bulto redondo. Habitualmente se considera ligado a la expresión artística oficial de exhibición y propaganda del poder, pero la realidad es que sufrió un largo proceso durante el periodo republicano desde un comienzo ligado al culto a los antepasados, en una esfera privada e íntima de lo familiar, hasta la exaltación del soberano en el retrato imperial.

En el camino queda la estatuaria de los últimos años de la República, cuando los hombres que  luchaban por ser considerados los primeros de Roma (Sila, Mario, Pompeyo, Craso, Cicerón, Julio César...) lo utilizaron para dar muestra sincera de sí mismos ante sus partidarios. No se trataba de hacer ostentación de autoridad o de riqueza, sino de reflejar en los rostros retratados valores morales con los que pudiese identificarse el pueblo. La característica distintiva de este tipo de retratos es un realismo extremado con una especial acentuación de las facciones poco atractivas del sujeto, como muestra de su honestidad  y sinceridad en relación a los demás ("veritas"). El romano gustaba verse como un hombre tenaz ("firmitas"), con gran capacidad de autocontrol ("severitas") y un sentido del orgullo o de la autoestima personal, del honor o del prestigio, que pone por encima de cualquier cosa ("dignitas"). Pretenden ser además retratos en los que ahondar en la psicología de los personajes.

Retratos tardorrepublicanos. S. I a. C.

Voy a centrarme en uno de ellos, el de Caius Julius Caesar, por la admiración que me produce el personaje histórico.

Lo primero que hay que decir a cerca de las imágenes que existen de Julio César es que no existe un modelo seguro del mismo ya que se le atribuyen varias versiones, algunas de las cuales como la más reciente descubierta en el Ródano (Arlés), es de dudoso parecido con el resto.

El seudo Julio César de Arlés descubierto en 2008.

La imagen más antigua en bulto redondo, hecha  posiblemente en vida de César, es un busto encontrado en la ciudad de Tusculum, hoy en el museo arqueológico de Turín, que nos muestra al dictador avejentado con profundas arrugas en frente, pómulos y cuello. El busto, de 33 centímetros, sería una copia no de gran calidad de algún original en bronce hoy desparecido. Esta estatua guarda un gran parecido con las únicas imágenes de las que tenemos absoluta certeza que son de César y realizadas en vida de éste, las monedas acuñadas con su efigie del año 44, año de su asesinato. La imagen que aparece en los denarios cubre sus profundas entradas sobre la frente con una corona de laurel. Observad el parecido entre la obra en bulto redondo y el sencillo retrato monetario.

Julio César de Tusculum, de perfil y de frente. 44 a. C. Mármol. Museo  Arqueológico de Turín. Debajo anverso de denario de plata del año 44 a. C.

De unos años posteriores, de entre el 30 y el 20 a. C., podrían ser otros dos retratos que me gustan especialmente por su calidad: el César de la colección Chiaramonti del Museo Vaticano y el César de la colección Farnese en el Museo Arqueológico de Nápoles. Ambos comparten una fisonomía parecida cercana a las de las monedas y al César de Tusculum, pero, según dicen, con un cierto toque de idealización, aunque yo prefiero pensar que son más bellos porque son realizados por manos más expertas. Difieren en la forma y tamaño de la nariz, lo que podría justificarse por la interpretación tan distinta que hicieron los que las restauraron. El carácter realista de estos dos retratos permite  interpretarlos en clave morfosicológica, es decir, poniendo en relación los rasgos del rostro con su perfil sicológico.

Julio César. Izquierda: Cesare Chiaramonti, Roma Museo Vaticano 30-20 a. C. Derecha: Césare Farnese, Museo Arqueológico de Nápoles.

Lo primero que llama la atencíón de la efigie de César es la gran vitalidad que desprenden las cabezas. Presentan múltiples entrantes o cavidades (ojos, sienes, mejillas y surcos en torno a la boca están ligeramente hundidos) y contrastados salientes (parte superior de la frente, cejas, pómulos, nariz y barbilla). La oposición entre estos movimientos de conservación y de expansión, indica la profunda dualidad que caracteriza a este hombre. Son dos fuerzas que, inevitablemente, alimentarán momentos reflexivos y de autocontrol con violentas pasiones e impulsos conquistadores, de ir hacia delante, de superarse. Según una regla fundamental de la morfosicología, cuanto más marcados son los contrastes, más energía vital y mayores cualidades intelectuales necesitará el individuo para dominarlos.

Julio César de la colección Farnese en el Museo Arqueológico de Nápoles.

La frente es más bien grande y diferenciada por marcadas arrugas horizontales y por un entrecejo  con profundos surcos verticales, lo que indica que estamos ante un intelectual de muy alto nivel y con gran disposición para la genialidad. Las sienes hundidas nos hacen pensar en un hombre con gran capacidad de síntesis gracias a unas ideas muy claras, que ama la perfección. Tampoco le falta el idealismo reflejado en las profunda entradas, pero no es un idealista utópico, pues la zona inferior de la frente (saliente) revela un sentido de lo concreto, su necesidad de cosas tangibles y racionales. Sus facultades de concentración y de atención, que están plasmadas morfológicamente en las arrugas verticales del entrecejo, le llevan a periodos muy largos de reflexión, cuyo resultado es un desbordante flujo de ideas que es capaz de ponerlas en acción.

Cesare Chiaramonti, Roma Museo Vaticano 30-20 a. C.

Boca y nariz  se complementan. La nariz prominente le impulsa a tomar decisiones arriesgadas tanto en política como en el plano sentimental. La boca firme, fina y bien dibujada corresponden a una fuerza ordenadora y a unas excelentes dotes de orador y de convicción, capaz de arengar a un ejército o a las masas y de sacarle de situaciones comprometidas. Es hombre que puede tener una afición grande por el placer y el lujo, pero que, sin embargo, es capaz de sacrificarlos cuando tiene una meta y ser el hombre más ascético que renuncie a todos los placeres de la vida.