La localidad jienense de Porcuna es la heredera de la antigua Ipolca oretana, luego llamada Obulco por los romanos. Los restos arqueológicos que se han encontrado aquí nos ilustra que en este lugar existió una ocupación estable al menos desde comienzos de la Edad del Hierro, siendo durante muchos siglos el centro económico del territorio entre las localidades de Cástulo y Corduba. Arqueológicamente se documenta su existencia al menos hasta el siglo IV d. C.  Se conoce su toponimia a través de las monedas emitidas en época romana republicana y al ser citada como una de las paradas o mansios de la Vía Hercúlea, llamada más tarde vía Augusta.

Oso de Porcuna. Museo Arqueológico de Madrid. Época romana.

Desde antes de los años 70 del siglo XX, el yacimiento arqueológico ya había proporcionado interesantes descubrimientos escultóricos ibéricos como un hermoso toro y un grupo de un animal y una herma conocido como el "Oso de Porcuna". Pero desde 1975 hasta 1979 se descubrieron en el Cerrillo Blanco, a poco más de un kilómetro del pueblo, un depósito de varias toneladas de fragmentos escultóricos que transformarán lo que se conocía hasta entonces a cerca del arte ibérico. Hoy se exhiben, después de los trabajos de estudio y recomposición de González Navarrete y de Negueruela, en el Museo Arqueológico de Jaén en una sala dedicada exclusivamente a este yacimiento.

Sala dedicada a la escultura ibérica de Porcuna en el museo arqueológico de Jaén.

Interpretación del conjunto.

Las estatuas descubiertas debieron pertenecer a algo semejante a un "heroon", un vasto mausoleo dedicado a no sabemos quién o quiénes, por encargo de alguien que podía permitirse el lujo de contratar a unos escultores como el país no los había visto nunca; no provincianos y desmañados como los del sepulcro de Pozo Moro, sino artistas de primera fila. Su calidad no desmerece, por poner un insigne ejemplo coetáneo, de la de los escultores que trabajaron para el templo de la diosa Apahaia en Egina. Pero para entender aún más la importancia de los restos hay que tener en cuenta de que se trata de un conjunto y no de piezas aisladas como los exvotos que se han encontrado en los santuarios y que evidentemente estaban hechos para ser expuestos y no enterrados en una tumba como las damas de Baza o de Elche. Por eso todo el mundo coincide en que se trataría de los restos de un monumento dedicado a la memoria heroica de un grupo aristocrático familiar que posiblemente dominaría en la zona hacia mediados del siglo V a. C. en que se datan.

Guerreros de Porcuna, siglo V a. C.

También sabemos que el conjunto fue destruido con saña a comienzos del siglo IV a. C. y que, sobre todo, fueron hechos añicos los rostros y los atributos aristocráticos de los hombres representados. Esta acción nos indica un deseo especial de destruir la memoria de los representados o de lo que suponían. Con posterioridad a este episodio de destrucción alguien debió reunir los restos y los ocultó piadosamente en una zanja dentro de una antigua necrópolis en desuso desde el siglo VII a. C., exactamente de dos siglos antes, que es donde se han descubierto. No se ha podido constatar que fuera este cementerio el lugar donde las obras estuvieran expuestas previamente.

Datos técnicos.

  • Todas las esculturas son hechas de la misma piedra, una arenisca fina que se obtuvo en las canteras de Santiago de Calatrava, localidad situada al sur de Porcuna.
  • La mayor parte son estatuas de bulto redondo, pero también hay medios altorrelieves, en cuya parte superior la figura queda exenta y el fondo interrumpido.
  • Los tamaños de las figuras difieren, lo que dificulta que sean consideradas todas del mismo conjunto único: las hay de tamaño natural o poco mayor y hay figuras que miden entre 1,20 y 1, 30 cms. No se descarta que todas fueran de un mismo taller porque mantienen un estilo muy definido.
  • La cronología del conjunto suele situarse entre el 470 al 420 a. C.

Guerrero del caballo. Detalle arma y mano que empuña un escudo.

Principales escenas y personajes.

Nadie se atreve a dar a ciencia cierta una narración coherente del conjunto aunque hay intentos por darles una explicación iconográfica y de agrupar los fragmentos en varios temas, lo que  explica su distribución y exposición en la sala del Museo:

  • Por estilo, por técnica de talla, por tamaño y por tema podemos unir tres altorrelieves: los de cazadores (uno portando una libre y otro portando dos perdices, ambos acompañados por un perro) y el de los jóvenes púgiles que intentan derribarse mutuamente agarrándose del cinturón. Podemos interpretar que las tres escenas serían manifestaciones de ejercicios de la educación del joven aristócrata. Si los rostros se hubieran conservado, con seguridad, mirarían frontalmente al espectador resaltando su individualidad. En los tres casos predomina el movimiento.

Cazador con liebre y perro.

  • Otros dos conjuntos se centran en combates épicos que mantienen entre sí dos bandos de guerreros ibéricos, por un lado, y guerreros y animales reales contra seres míticos, por otro. Es como si asistiéramos a la narración de las hazañas de un pueblo o de un héroe mítico. Las manos sostienen con vigor las armas; las piernas se doblan y avanzan; los pies se apoyan firmes en la tierra... La lucha es una acumulación de episodios particulares a modo de duelos. Así un guerrero que ha descabalgado de su caballo alancea a su contrincante caído y derrotado en el suelo: la punta de la lanza sale con una crudeza inaudita por su espalda. En otra de las piezas más llamativas del conjunto otro varón lucha sin armas contra un grifo; le agarra con valor de las fauces y de la oreja mientras la fiera se defiende clavando sus garras en el muslo del guerrero. Otros torsos de jóvenes revestidos con pectorales y cinturones con hebillas sobre túnicas cortas  han llegado en peor estado para poder interpretar las escenas que componían.

Guerrero con lanza, caballo y guerrero caído y herido.

Grifomaquia

  • Hay un guerrero que merece la pena describirlo con detalle, puesto que es la imagen más significativa de las expuestas ya que conserva la cabeza y el rostro completo. Es un rostro cuadrado y juvenil, de ojos rasgados, es decir, anchos y poco abiertos y con el globo ocular saliente. Su expresión es serena y noble, como triunfante. Su cuerpo acumula brazaletes y discos de bronce, signos de jerarquía. Lleva un casco de cuero y guarniciones metálicas muy complejo, que posiblemente estuvo coronado por un felino (¿grifo? ¿esfinge?) que lo protegía con sus garras. Dos salientes laterales podían haber servido para ensartar algún añadido sobresaliente como unos cuernos.

  • Otro grupo lo componen personajes masculinos y femeninos estantes y sedentes  que podrían ser sacerdotes y sacerdotisas porque están en actitud eminentemente ritual. Hay un oferente o dios que llega a portar dos cápridos para el sacrificio. Las figuras que están de pie suelen adelantar un poco una pierna en una solución típica de la estatuaria griega arcaica. Visten túnicas largas muy pegadas al cuerpo.

  • Animales y seres híbridos de explicación simbólica. Como un novillo de pie de gran tamaño a modo de ser perfecto para una ceremonia de sacrificio. Pero también hay restos de una esfinge, de un león mordiendo el cuello a un cordero y de otro encaramado a una palmeta, de caballos enjaezados....

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